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Ladrones de almas

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LIBREDIARIO@DIGITAL / OPINIÓN /  EDITORIAL


Debido a la alerta por tormentas emitido por la Dirección General de Seguridad y Emergencias de la Consejería de Política Territorial, Sostenibilidad y Seguridad del Gobierno de Canarias —caramba con el nombrecito—, el Parlamento de Canarias decidió suspender, entre otras medidas, un Pleno Extraordinario. También se recomendaba no subir a las cumbres, respetar los cortes de las carreteras, no hacer ejercicio al aire libre... Es lo normal. Debe imperar la seguridad de todos. Lo que no es tan normal es que mientras sus señorías están en su casa calentitos, no se hayan suspendido, por ejemplo, las clases de los centros escolares. Es evidente que hay que salvaguardar la integridad de unos antes que la de otros. Ya sabemos quiénes son los importantes y quiénes no.


Los representantes de los ciudadanos decidieron que ellos no podían trabajar porque era peligroso, pero permitieron que el populacho sí lo hiciera, aún a riesgo de poner en peligro su integridad. Es de chiste. Imagino que en los países escandinavos no se trabajará de septiembre a mayo por el frío. O en otras latitudes por el calor. ¿Se imaginan que dentro de un tiempo deciden suspender un pleno porque hay un partido de fútbol? O sencillamente, porque no les agrada el menú del día en la cafetería del Parlamento. Cafetería, por supuesto, subvencionada. No tiene sentido. 


Pero esto es lo que hemos creado. Una casta (¿o era caspa?) especial, que vive de manera fantástica prometiendo a millones de incautos que van a solucionar todos sus problemas y sus quebraderos de cabeza, y asegurando que solo ellos son los buenos. Por supuesto, los otros son malos. Y como somos un país de idiotas, los creemos. Y lo que es peor, los justificamos cuando cometen desmanes. No sea que lleguen los otros, los malos.


Esta gentuza ya ha demostrado que su único interés en política es lucrarse y vivir del cuento. Son unos impresentables. 


Al igual que aquellos que siguen cobrando dietas de alojamiento y tienen viviendas en la localidad. O los que se suben el sueldo mientras claman austeridad. O los que cobran mordidas por adjudicar obras. O los que terminan sus carreras políticas en el Senado, cuando ya sabemos todos que es una institución para agradecer viejos servicios prestados, pero sin ninguna función. O peor aún, los que son enchufados en consejos de administración de empresas estratégicas... 


Los ejemplos se cuentan por miríadas. Pero no hacemos nada. Hay quienes se creen muy comprometidos con la lucha y escriben un tuit, pensando que ya han solucionado el problema y aliviado su conciencia. Luego, debemos mendigar nuestras migajas. Que son nuestros derechos. Y en el fondo es eso, suplicar que nos den nuestros derechos. Nos han robado hasta el alma y aún seguimos sonriendo.  



Diego Gafo

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