​El Índice Daily Price

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LIBREDIARIO@DIGITAL / OPINIÓN / EDITORIAL


Deseo reivindicar un índice basado en lo popular, que no lo populista, cercano al Índice BigMac -esto es, el precio de una de estas hamburguesas está basado en la renta per capita de cada país en el que se vende y, en esta correlación, se puede estimar un índice por el otro-; otro sería el Índice Kalashnikov, pero de ése no me gusta hablar.

Se trata del Índice Daily Price -una cadena de compra-venta de segunda mano-alquiler de películas y vídeojuegos-. Sí, señores, es un índice basado en la observación que me lleva mi afición por ´rescatar´ pelis de segunda mano -además de la consecución de un precio más bajo, es hasta ecológico y conveniente esta práctica, tanto para el cliente como para el particular que vende y, claro, para la empresa-; ¿no se han fijado en que películas como las de Kill Bill, las de Paul T. Anderson, Michael Haneke, la mayoría de las de Kubrick y de Darren Aronofsky son bastante difíciles de encontrar en tales establecimientos? 


Y, por si se os ocurre este argumento en contra -últimamente me estoy volviendo un poco lakatosiano-, va más allá de que estas películas no sean tan comerciales como otras: su ´carácter más indie´, por contra, podría llevarnos a pensar que estas películas tendrían que durar menos en las estanterías y, por tanto, favorecer la venta y presencia en Daily Price: regalos -esto es, mayor riesgo en la compra/verdadero uso y disfrute-, despiste -ummm creía que esta película era menos ´difícil de digerir´-, recomendaciones -aquí también hay riesgo que supone el distanciamiento compra/verdadero uso y disfrute...

Todo ello me lleva a pensar que, en esas felices películas que tan bien situadas están entre lo indie -en lo que de original e interesantes tienen como propuestas- y lo comercial -esto es, están pensadas para que, sin merma de su originalidad, puedan llegar a un público más amplio que el que supone un exiguo grupo gafapastista con sed de ´obras de culto´-, son convenientemente valoradas por la mayoría de los poseedores de sus copias, quienes no están dispuestos a renunciar a estas obras por encontrarles un significado especial más allá del mero e instantáneo entretenimiento. Son filmes que queremos revisionar, compartir, tener presentes en nuestros hogares, pues han conectado con nosotros de manera particular. Algunos de ellos son tenidos por tan importantes que se ´heredan´ intergeneracionalmente o entre hermanos y amigos.

El Índice Daily Price (el inverso del número de copias presentes dividido por el número de copias de distribución) funciona, así, de manera indirectamente proporcional, in absentia: cuantas menos copias haya de este tipo de películas, mayor certeza tendremos en que tal o cual filme se ha convertido, por derecho propio, en piezas de arte pop, en la crème de la crème de la injustamente denostada cultura pop, que, posiblemente, cobra su importancia por ser el sector más influyente por difusión y, por ello, como muestra de la soberanía de la mayoría democrática. 


En diversas etnografías -kwakiutl, trobriandeses, !kung, tiv- descubrimos que, en estas culturas, si queremos llamarlas así, ´preindustriales´, en los que el dinero no forma parte de todos los intercambios sociales -en ausencia de él, el estatus, lo social, representativo, identitario, están ´incrustados´- por no contar con un ´dinero universal´, estas incrustaciones son fácilmente observables en rituales como el Potlatch o el Kula, pero, y ahí nos detenemos, no todos los objetos son susceptibles de intercambio: las comunidades conservan, localmente, ciertos ´objetos sagrados´, sin funcionalidad aparente más allá de su importancia simbólica ritual o de conciencia histórica: esto es, de ´condensación´ de percepciones sociales y, por ende, de valores culturales, de cierto continuismo de inconsciente colectivo y de homeostasis comunal. 


De esta manera podemos tender un no muy arriesgado paralelismo y hacernos conscientes de que el capitalismo no lo ha invadido todo, que no todo depende de la oferta y la demanda y que, más allá de la facilidad de poseer cientos de películas en formato digital; los filmes -y libros, por extensión-, que sentimos como más representativas de nuestras perspectivas vitales, preferimos y decidimos adquirir y preservar en formato físico, original. 


De esta manera, el circuito comercial se detiene allá donde los contactos sociales - esto es, compartir la experiencia de visionado de películas, repetidas veces, comentario de las mismas, préstamos y herencias personales...- más próximos -o incluso en la esfera individual- dotan de un significado especial a lo que es percibido como más trascendente que el mero ocio espontáneo del usar y tirar. 


La cantidad no necesariamente reduce la calidad, y no hay que desatender la mayor presencia -esto es, de la cultura más popular, más difundida, a diversos grados- de determinados memes y significados en las actuales redes de intercambio cultural-narrativo-sensorial de las sociedades contemporáneas. No olvidemos que tales escenarios nos están permitiendo decidir -como ocurriera con los hoy irrenunciables textos de Dumas y Christie, antaño tan comerciales y denostados- cuáles serán los clásicos del mañana y, lo que no es menos importante: los que son y serán clásicos para cada uno de nosotros.



Hugo Fernández Robayna


Antropólogo Social y Cultural, Psicólogo Clínico y Educativo, Docente y estudiante de Geografía e Historia


LinkedIn: https://www.linkedin.com/in/hugo-fern%C3%A1ndez-robayna-82152b51/

CONTACTO: hugo.fernandez.robayna@hotmail.es, Tfno. 606 618 603 


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