Los signos de los tiempos judiciales

|


LIBREDIARIO@DIGITAL / OPINIÓN / EDITORIAL


Estas dos últimas semanas han sido de una actividad judicial y eco mediático sin precedentes.


El Caso Nóos y el no ingreso en prisión de la Infanta Cristina y Urdangarin abrieron la espita. Muy a pesar de unos cuantos medios, que están moviendo la información como si Urdangarin fuera a eludir definitivamente la cárcel a favor de llenarse el morro de chocolate suizo; decir que éste último tiene pendiente el recurso presentado al Tribunal Supremo pues la condena que pesa sobre él es de 6 años y 3 meses. Puede ampliarse o reducirse o, sí, quedar impune. Pero eso está todavía por ver y sería otro escándalo del que hablar más adelante.


Seguimos.


La trama Gürtel, en su rama valenciana, con el pago de la fianza de 15.000 euros por parte de la expresidenta de las Cortes Valencias, Milagrosa Martínez “La Perla” negra del mediterráneo.


La sentencia del juicio por las Tarjetas Black a los directivos y consejeros de Caja Madrid. Primera condena en firme para Rodrigo Rato.


La quita de 4.2 millones de euros a Griñán por parte de la jueza María Nuñez de los ERE en Andalucía.


Mas, Forcadell y su cuadrilla de voluntarios, acusados por múltiples causas y respondiendo todos ellos al abecedario de las declaraciones judiciales. “No lo sé”. “No me acuerdo”. “No tengo esa información”.


Malversación de caudales públicos, estafa, prevaricación, falsedad documental, blanqueo fiscal… Son algunos delitos anotados que engrosan las distintas causas.


Los análisis de bar, auspiciados por parte de los comités tertulianos de las distintas emisoras y cabeceras, han arrojado cifras, antecedentes de tres al cuarto y alguna que otra valoración disparatada; más vinculada al calor intelectual que arroja el mentir con tus colegas o marcarte un farol en vivo ante millones de escuchantes que a las sentencias, procesos y causas judiciales abiertas o cerradas a propósito de los inculpados.


Todos estos casos han puesto de manifiesto una certeza que Larra, en sus Artículos de Costumbres, especialmente en aquel titulado En este país, ya vaticinó. En España sabemos de todo. Y de todo mal.


Todos ellos, los del bar y los del micrófono, han pasado de puntillas por la exigencias del cronómetro y la pérdida de temperatura de una caña, sobre la cuestión esencial y nuclear de todos los tejemanejes de estos casos judiciales: el gran porqué de la corrupción endémica en la condición humana.


Al que yo, desde mi atalaya, respondo: los tiempos. El culpable de nuestros males políticos son siempre los tiempos.

Entiendo como “los tiempos” ese espacio finito, limitado, estrecho y que aprieta las costillas cuando se viene encima el refranero popular “tiempo al tiempo” y el tiempo es cumplido.


Me refiero a esa sensación de vértigo y éxtasis a plazos, ese diluir las responsabilidades de los actos de uno mismo en una sensación falsa y desvirtuada de seguridad/impunidad en el que suelen caer los ególatras y soberbios respecto a su fortuna.


¿Qué pudo haber en la cabeza de Rato, quien había llegado a estar lo suficientemente cerca de la presidencia del gobierno como para oler la naftalina del Palacio de la Moncloa? ¿Qué le tuvo que suceder para que diera el salto al abismo del saqueo sistemático y al aborrecimiento social a él y su familia por los siglos de los siglos?


Lo que hay es una proyección del individuo hacia el infinito, hacia su no-humanidad, hacia el Calígula de Camus. Una ignominiosa voluntad de encarnarse como un hombrecillo verde fuera de este espacio-tiempo, donde era intocable porque lo que tocaba lo convertía en oro político.


En la quinta escena del primer acto de esta obra de teatro del escritor argelino; el emperador zumbado se acerca todo repleto de arañazos y magulladuras al bueno de Helicón y le explica su anhelo enfermizo de pseudo-dios.


HELICÓN. Pareces fatigado.

CALÍGULA. He caminado mucho.

HELICÓN. Sí, tu ausencia duró largo tiempo.

Silencio

CALÍGULA. Era difícil de encontrar.

HELICÓN. ¿Qué cosa?

CALÍGULA. Lo que yo quería.

HELICÓN. ¿Y qué querías?

CALÍGULA (siempre con naturalidad). La luna.

HELICÓN. ¿Qué?

CALÍGULA. Sí, quería la luna.

HELICÓN. ¡Ah! (Silencio. Helicón se acerca.) ¿Para qué?

CALÍGULA. Bueno… Es una de las cosas que no tengo.

HELICÓN. Claro. ¿Y ya se arregló todo?

CALÍGULA. No, no pude conseguirla.

HELICÓN. Qué fastidio.

CALÍGULA. Sí, por eso estoy cansado. (Pausa.) ¡Helicón!

HELICÓN. Sí, Cayo.

CALÍGULA. Piensas que estoy loco.

HELICÓN. Bien sabes que nunca pienso.

CALÍGULA. Sí. ¡En fin! Pero no estoy loco y aun más: nunca he sido tan razonable.

Simplemente, sentí en mí de pronto una necesidad de imposible. (Pausa.) Las cosas tal como son, no me parecen satisfactorias.


Rato, quien deambuló por el FMI como nuestro más exquisito embajador, que nos enseñaba la bolsa de pesetas como axioma de que había que pagar a Hacienda a la que posteriormente defraudó casi 7 millones de euros. Paradoja de mano en nuca y arresto domiciliario por esta causa.


Los tiempos se comieron a la leyenda y dejó una piltrafa política que va de tribunal en tribunal sumando causas y posibles condenas.


El culpable de nuestros males políticos son siempre los tiempos.

¿Qué tiene que concurrir por la cabeza de una madre, henchida de orgullo, para decir que su hijo tiene en la casa de sus progenitores el suficiente dinero robado como para asar una vaca?


Sin duda, el tiempo. El saber que la bola de corruptela en Andalucía es de proporciones tan épicas, tan arraigadas en el sistema funcionarial, que se permitía ir con las manos pringadas de coca a las reuniones de UGT, con el cuerpo temblando de saber la tortícolis que le iba a dar a su estimada madre por el bulto de pasta debajo del colchón.


Cómo es posible que dos de los miembros más destacados de la Casa Real, ya de por sí en el epicentro permanente de las críticas y mofas del burgo, se expusieran de esa manera tan extrema a lo que ha terminado por ocurrir: causa abierta, un rey fuera y una duda general (y legítima) sobre la honradez y razón de ser de una institución monárquica hoy en día.


Tengo que asumir a que se vuelve a tratar de una cuestión de tiempo.


Aquí me pongo melodramático. No sé si me preocupa más el hecho de que la Infanta supiera todas las tropelías de su marido y mintiera deliberadamente y armase su defensa ante la falta de pruebas contra ella o que en realidad no supiera nada, nada de nada, lo que me marca y señala una relación matrimonial de una podredumbre sin límites. Porque se acostaba al lado de un estupendo villano al que no le formulaba la pregunta capital de cualquier matrimonio: “¿cariño cómo te ha ido el día? ¿qué has hecho hoy?”.


Es acaso inteligible para una mollera sana el asumir que Mas no sabía nada de nada de las aventuras y peripecias de su “padre político” y de su “hermano” en CDC, al que llevaban con alegría y corazón ligero sobres que entraban en la sede pero que nunca salían.


Rato creó estructuras de desfalco y saqueo sistemático por los tiempos.


Chaves y Griñán, pendientes de juicio, crearon un cortijo de extravagancias por los tiempos.


Urdangarin, la Infanta y Torres, embebidos en su certeza de que estaban en otro tiempo, el del absolutismo y la transparencia pública, donde lo máximo que les podía pasar era que fueran acusados de riñas isabelinas y de exceso de furor uterino. Pillados por los tiempos.


Correa, Bigotes y toda la retahíla de engominados madrileños, metidos entre rejas por los tiempos.


En cualquier caso, cabe imaginar que sigue habiendo esperanza para todos y cada uno de ellos. Familias, amigos reales. 


Todos ellos pueden crear un marco fundamental, junto a la verdadera función de la privación de libertad que no es otra que reincorporar a los delincuentes a la sociedad, para rehabilitar a estos individuos y hacerlos válidos para ellos mismos, sus allegados y el resto de ciudadanos.


Cabe esperanza para nosotros, que en nuestro vertedero digital, arrancamos cabezas por doquier sin sentencias, que nos abrazamos a la ley sin darle la vuelta y ponerla sobre nuestras carnes, con todo el peso que conlleva.


Quizás haya que ponerse un par de piedras en los tobillos y en los bolsillos, para que no nos quepa nada más, para que nuestra condición y tendencia perenne hacia las corruptelas y conspiraciones, no nos incite a ello. Que “los tiempos”, que nuestros empoderamientos en nuestra parcelas de poder y miseria, no se extiendan hasta el titular de una revista, periódico o meme de Twitter.


Que los tiempos nos terminen por ubicar donde se nos necesite y que podamos llevar con dignidad las tropelías y desventuras en las que seguro que nos dejaremos ver alguna vez.



Ricardo Morales Jiménez

Sin comentarios

Escribe tu comentario




No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes. Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.