La vía Errejón

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Aquello que sales de trabajar un día, te lían y terminas en la Universidad de Verano de Podemos (en otoño), escuchando la ponencia inaugural de Íñigo Errejón. Y, ya que estás, pues te quedas y pegas oreja a ver qué se cuenta.


Un dato curioso: el evento es en mi facultad (Filosofía UCM) y, por primera vez, no flota en el aire el tufillo a marihuana acostumbrado. Primer estereotipo roto.


Entras en un recinto vallado por el aparcamiento. A la izquierda, el “merchandaising” y los libros del líder supremo. Un poco más allá, la barra: cañas a euro y medio y “minis” de cerveza a cinco. Música de ambiente y público heterogéneo avituallándose para hora y media de arenga.




El mundo entero mira hacia aquí, somos la esperanza del mundo (o algo parecido) –ha empezado a hablar Errejón– Un saludo a los compañeros en Galicia y País Vasco(a continuación, guiño a los medios) y un saludo a Pablo Iglesias, nuestro secretario general“.


El responsable de la Secretaría Política de Podemos, el segundo de a bordo, se ha propuesto un solo objetivo: transformar el entusiasmo revolucionario más explosivo (que parece estar experimentando un apagón) en la fuerza lenta, tranquila y madura –y por eso ajena al carácter usual del español– de una marea de corte progresista y… ¿reformista? (lee el artículo de Juan Pablo Serra sobre la divergencia entre progresismo y reformismo).


¿Y en qué se traduce el viraje? En la formulación de un proyecto político previo y de mayor calado que el “asalto a los cielos” del camarada Iglesias. “No vale solo con prometer que cuando lleguemos nosotros las cosas van a ser diferentes”, advierte.


Construir un pueblo


A Errejón no le hizo falta el batacazo de junio para darse cuenta del muy limitado alcance de la estrategia que ha seguido Podemos hasta el día de hoy. Ya en la ruta por España que hizo antes de los últimos comicios nacionales iba en una dirección que en los últimos tiempos ha cristalizado en un mensaje concreto: “El pueblo es imprescindible pero no existe. Es necesario construir un pueblo“. Algo que, por cierto, choca frontalmente con los mensajes de quien ha pretendido en todo momento ser la encarnación de “la gente”, pese a que la gente le decía lo contrario en las urnas.


Las discusiones (reconocidas por él mismo) dentro del partido van precisamente en esta línea: seguir siendo los ‘outsiders’ del sistema, tratando de bombardearlo en sus puntos flacos para intentar decantar al mayor número de desilusionados posibles a su favor (con el peligro de que la crisis política se acabe mientras tanto), o bien integrarse en el sistema como una “resistencia” y tratar de introducir una novedad “radical” que se convierta en la nueva norma (“transversal”).


El enfoque defendido por Errejón es precisamente el que apuesta por una vía más “reformista” cuyo objetivo último es introducir en la democracia española una serie de dinámicas (“legislativas, jurídicas, estéticas, sociales, comunitarias“) de funcionamiento que, en primer lugar, impidan la reedición de abusos como los cometidos por los políticos de distinto signo que se han visto implicados en casos de corrupción o la influencia extrema de intereses privados sobre la actividad política (cuyo síntoma son las “puertas giratorias”) y, en segundo, otorguen menor peso a la noción de representatividad de los cargos electos, optando por una participación más directa de la ciudadanía en la toma de decisiones que les afectan.


El segundo de estos objetivos (que es el que se persigue con la proclama “el gobierno de la gente”) choca con el hecho, constatado en las urnas y en los municipios cuya alcaldía ostenta, de que Podemos no es, a día de hoy, un “movimiento social”. No existe el respaldo de una ciudadanía que, se supone, habría de ser capaz y estar dispuesta para asumir el poder y gestionar sus propios asuntos con la mediación de las instituciones políticas.


Ejemplo de ello es el hecho de que, desde que el Ayuntamiento de Madrid gobernado por Carmena decidió poner en marcha la plataforma Madrid Decide para que los ciudadanos participasen en la elaboración de los presupuestos y en la toma de algunas decisiones que afectan a la ciudad, el índice de participación en la plataforma ha sido mínimo. Dicho en términos mercantiles: parece que no existía mucha demanda de mayor poder de la ciudadanía y sí, en cambio, un mandato político de gestionar eficazmente, con inteligencia y con honradez los asuntos que atañen a todos. Vamos, lo que viene a ser el ideal de gobierno del antiguo régimenque, según Errejón, ha caducado.


Del 15M a la España que viene


¿Es posible, entonces, plantear la fundación de un pueblo nuevo? El segundo de Podemos cree ver en el 15M el germen de un tipo de afecto (por usar terminología política más propia de Michel Foucault), la indignación, capaz de constituir una comunidad política con vocación de integrar a la totalidad de la población (insiste mucho en que la victoria pasa por no dejar a nadie fuera, tampoco a “los de arriba”).


La tarea que hay que llevar a cabo no es de marketing, es construir un movimiento popular. Es una tarea diaria, legislativa, jurídica, estética, social, comunitaria, que sea capaz de ir construyendo ya la España que viene, que no nos haga esperar el resultado en las urnas. Las urnas son necesarias para quienes queremos construir en democracia pero no bastan. Es una tarea muy concreta. No hay pueblo si no nos emocionamos juntos, si no cantamos juntos. Somos una generación sin canciones, sin películas que nos cuenten qué ha sido de nuestras vidas. No tenemos símbolos, no tenemos una estética propia que nos haga emocionar a todos”.


Según se intuye en el discurso de Errejón, la raíz del aparente desinterés de la ciudadanía por hacerse cargo de sus propias condiciones de vida y del gobierno de la comunidad política vendría, precisamente, del hecho de ser una ciudadanía alienada, sin un discurso acerca de sí misma y, por ende, sin nada sólido que oponer a un poder político liberado de la necesidad de representar a otro más que a sí mismo.


Junto con la tarea cultural, la organización efectiva: hay que convertir los círculos y asambleas en algo más que foros donde los ciudadanos alcen la voz:


Los círculos tienen que demostrar en los barrios que son útiles. Que donde ayer había chavales de 13 años pateando latas hoy hay círculos que organizan excursiones, grupos que organizan festivales de jóvenes para jóvenes, de teatro, que hacen deporte juntos…


Todo esto suena, si me lo permiten, como un tema muy delicado si uno pone en perspectiva la idea de producir una identidad vinculada a un proyecto político de partido. Otros antes que Podemos a un lado y otro del espectro político han visto en la “estética” y en la “narrativa” (nacional o de clase) una herramienta eficaz para aglutinar a la ciudadanía en torno a proyectos que en la historia reciente han derivado en totalitarismos de corte fascista o comunista.


Errejón lo sabe y, por eso, advierte: “Todo esto no se decreta. Cualquier cultura que nace desde el poder es una cultura muerta“. La pregunta es: ¿El hecho de que la construcción de una identidad nacional no sea explícitamente orquestada por un partido añade o quita algo al riesgo de terminar generando una tiranía (de la mayoría) sobre quienes se nieguen a asumirla?


La utopía del nuevo inicio


Llegados a este punto hay que hacer una enmienda a la totalidad del proyecto de construir un pueblo nuevo. Pongamos en perspectiva el discurso de Errejón y dirijamos la mirada a determinados posicionamientos adoptados tanto por parte de Podemos como por parte de la sociedad.


El fantasma guerracivilista, el laicismo, la herencia comunista (no se privó de citar a Marx, pese a pretender que su propio discurso era uno irreconciliable con las viejas categorías políticas), la ideología de género, el multiculturalismo… Son solo algunos ejemplos de cuestiones intrínsecamente ligadas a las identidades presentes en la sociedad española, que no pueden simplemente ser “reiniciadas” y que, de hecho, impregnan hasta los tuétanos la ideología de un partido que se pretende a sí mismo como “nuevo”.


Las oposiciones ideológicas y políticas existentes (verdaderamente existentes y activas) en el seno de una sociedad no pueden ser dejadas de lado sin más. El hombre es un ser condenado a pensar desde su propia historia, sea consciente de ello o no. La convivencia, pues, no pasa por evadirlas.


Visto así, parece que una democracia representativa (eso sí, que sea verdaderamente representativa) en la que el diálogo político para buscar el equilibrio social lo protagonicen políticos responsables capaces de navegar entre las divergencias, buscar puntos de acuerdo y tratar de solucionar los puntos más conflictivos y urgentes no parece una mala opción. ¿Utópica? Tampoco tanto, lo hicimos en el 78. ¿Difícil? Desde luego.



 por Ignacio Pou

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