Un desastre olímpico

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Perder los Juegos Olímpicos es lo mejor que le pudo pasar a Madrid


A menudo sucede que lo que a priori parece una buena noticia, termina convirtiéndose en una maldición. Uno de los ejemplos que ilustra esta paradoja es la organización de los actuales Juegos Olímpicos en Rio de Janeiro.


Los problemas en la organización de este evento han sido constantes para la ciudad carioca desde que se anunció que organizaría esta edición de los Juegos Olímpicos y las pérdidas multimillonarias. 



Si hay una frustración en el corazón de cada madrileño es haber fracasado tres veces en la aspiración por celebrar unos Juegos Olímpicos. Pero, ¿de verdad es esto motivo de descontento? A continuación le explicamos por qué la respuesta a esta pregunta es, rotundamente, no.

Recuerdo el 7 de septiembre de 2013 como el día en el que todo el mundo estaba seguro de que, esta vez sí, Madrid iba a ser la ciudad elegida para celebrar unos Juegos Olímpicos. Tras perder la competición por ser designada la sede de las Olimpiadas de 2012 y 2016 contra Londres y Río respectivamente, todo parecía listo para que Madrid fuera por fin una ciudad olímpica.

Recuerdo que yo estaba en Lisboa con unos amigos de vacaciones y cuando nos llegó el mensaje de un amigo en el que nos informaba que Madrid no solo no había sido elegida como la ciudad para albergar los Juegos Olímpicos de 2020, sino que ni siquiera había pasado de la primera ronda contra Tokio y Estambul no nos lo podíamos creer.

Muchas cosas fallaron aquel día. Lo más recordado será el famoso “relaxing cup of café con leche” de la entonces alcaldesa Ana Botella. En realidad, lo que tumbó a Madrid frente a la candidatura de Tokio no fue la torpeza de Ana Botella con el inglés, sino la falta de músculo financiero y la incertidumbre económica que entonces existía en nuestro país.

España era en 2013 un país deprimido, que miraba con envidia a la flamante economía brasileña que en menos de tres años celebraría unos Juegos Olímpicos que a la capital española le negaron tres veces los miembros del Comité Olímpico Internacional.

Sin embargo, lo que entonces se planteó como el desastre olímpico de Madrid, hoy ha quedado olvidado a la sombra del colosal desastre olímpico de Rio de Janeiro, inaugurado el pasado viernes con la habitual pompa y derroche olímpicos.

Según la agencia Reuters, el coste total para los contribuyentes brasileños de albergar los Juegos Olímpicos asciende a más de 12.000 millones de dólares, casi un 50 por ciento por encima del coste inicial presupuestado.

El descontrol en la organización y en coste de los Juegos Olímpicos de Río ha sido tal, que el Estado de Río de Janeiro –encargado de la organización de las olimpiadas- declaró en el mes de junio el estado de emergencia financiera para poder conseguir un préstamo adicional de 900 millones de dólares del Gobierno Federal.

El caso de Rio no es especial. Aunque al gran público se le haya manifestado que la celebración de un gran acontecimiento internacional como unos Juegos Olímpicos o un Mundial de fútbol genera miles de millones en ingresos y crea miles de puestos de trabajo, lo habitual es que los costes superen ampliamente a los beneficios de realizar estos eventos seguro afirmó el New York Times en un artículo hace dos años.

Nada me invita a pensar que en España el descontrol y la corrupción asociada a la celebración de un evento de esta magnitud hubieran sido muy diferentes de lo vivido en Brasil durante los últimos años.

Un evento de este calado en España solo hubiera contribuido a incrementar un gasto público y un déficit ya de por si desenfrenado, lo que hubiera implicado mayor estrés para la solvencia del Estado y una mayor carga impositiva para los contribuyentes. Algo muy negativo para la recuperación económica.

Como dice el refranero español, no hay mal que por bien no venga. Lo que por tres veces supuso un duro golpe para la capital de nuestro país, ha demostrado ser a la larga una bendición para las ya de por sí maltrechas cuentas públicas de la Villa de Madrid.

Alegrémonos de que sea Brasil y no España el país que tenga que asumir con la carga de celebrar un evento tan desastroso para el equilibrio de las cuentas públicas como unos Juegos Olímpicos.

Con el añadido de que en la actualidad nos encontramos en un entorno en el que el déficit y la gestión del sector público en nuestro país se observa con lupa y escepticismo desde Bruselas.

Un cordial saludo,

Alberto Redondo

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