La trampa del silencio

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Los socialistas no aprenden. En un grupo político como el suyo, en el que el debate, la crítica y la conspiración forman parte de su ADN, -una forma de estar y vivir la política-, prohibir estas virtudes es, sencillamente, revitalizarlas, inyectar adrenalina en vena al debate en cuestión y disparar las pasiones. Sinceramente, ¿Pensaban en el Grupo Parlamentario Socialista y compañía, que ordenando no hablar de la Ley del Suelo iban a conseguir parar a quien ya tiene decidido que será la palanca para hacer política allí dónde se quiere imponer la uniformidad, la obediencia y el silencio? Error. Enorme error cuando antes no se intentó canalizar la inquietud, el enfado y las aspiraciones de algunos de los que hoy están dispuestos a hacer volar por los aires esa ley, llevarse por delante el pacto con Coalición y tomar el poder dentro del partido.


No es cuestión de meter el dedo en la herida, pero la Ley del Suelo es, para muchos socialistas, el símbolo de la humillación que están sufriendo a manos de los nacionalistas de CC, sobre todo en Tenerife, donde pueden, y no están dispuestos a que la legislatura sea un paseo triunfal de Fernando Clavijo. La Ley del Suelo se ha convertido en «la causa», el motivo con poder para pelear, para ser alguien ante los ciudadanos, sobre todo cuando saben que por la izquierda levantar la mano para votar esta ley no les va a salir gratis y que un frente muy similar al «antipetróleo» se organiza para reavivar el debate, saltar a la calle y crear la opinión de que se está cometiendo un grave atentado contra la naturaleza en Canarias.

Los diputados «díscolos» del PSC viven bajo el síndrome de la humillación por la que pasa su partido sin que le crujan las convicciones ni el honor, pero también con la oreja puesta en ese movimiento que, lentamente, se va organizando y aglutinando gente y colectivos, algunos de los que tienen por vocación oponerse a todo, otros con intereses muy complejos en el sistema legal sobre el suelo hoy vigente, los que hacen oposición convencidos de que sus criterios sobre el gobierno de la tierra son los más adecuados y algunos que buscan, simplemente, amargar la legislatura a Fernando Clavijo con su ley estrella. El poder genera siempre contrapoderes, legítimos y democráticos, muy sanos aunque los corroan bichos de todas las estirpes. Tratar de cerrar bocas y censurar el debate a base de circulares en las que se manda callar, es un acto de ignorancia y cobardía política que no tiene perdón en un partido, que como digo, respira y vive de la emocionalidad de sus propios debates y también de sus conspiraciones internas.

Resultaría chistoso que en cualquier debate o entrevista en un medio de comunicación un diputado del PSC, preguntado sobre la Ley del Suelo, se viera obligado a responder: «Mi partido me prohíbe hablar de ese asunto». Tal ridículo no está diseñado para miembros del PSC, ni para un Gobierno democrático que se precie y quien pensó que lo acatarían y que la única voz que se oiría en Canarias fuese la de las grandes ventajas y bondades de esta ley habrán creído que ha comprado desde el Gobierno la voluntad indomable de algunos miembros del PSC y la de periodistas que no diríamos nada al respecto. Conociendo a mis compañeros, estoy seguro de que alguno habrá hecho ya la lista de cargos del PSC para expresamente preguntarles por la Ley del Suelo, poner a prueba la libertad de expresión y escuchar su ridículo silencio o sus excusas.

No me extraña que algunos diputados, como Gustavo Matos y Gabriel Corujo, no se callen, y comuniquen a su partido que no lo harán, que se sientan orgullosos de estar en el debate y que entiendan que se trata de una circular que atenta contra la libertad de expresión de los diputados y contra la tradición del propio partido socialista.

Desde el otro lado del pacto, Fernando Clavijo sonríe ante el lío y la debilidad que viven sus socios, aunque este debate pueda acabar con el pacto. Cuanto más se peleen entre ellos, cuanto más débiles estén, cuantas más facciones se generen, mejor para el poder de CC que podrá hacer y deshacer y mantener el protagonismo público sin despeinarse. La sonrisa de Clavijo se vuelve más amplia cuando piensa en el PP que aprobarán la Ley del Suelo y otras iniciativas. El presidente del Gobierno sigue instalado cómodamente en el centro del poder político en Canarias y puede operar como le venga en gana, con sus socios actuales, si quieren, o con otros, cuando sea necesario completar el programa que tiene en su cabeza para Canarias.

Creo que se equivoca quien cree que Clavijo está pensando cambiar de socio de forma inmediata, y si en Madrid gobierna Rajoy y CC llega a un acuerdo con él. No le hace falta cambiar el Gobierno. El PSC no rentabiliza su presencia en el Ejecutivo y están como están, en un lío monumental y una pugna de poder autodestructiva. Al PP de Canarias quizás le convenga, en este momento, ser el socio externo, sereno y tranquilo, que pone paz en la región apoyando a Clavijo en aquellos asuntos que la derecha considera imprescindibles para liberalizar el mercado, impulsar la economía y crear empleo, y dejando en evidencia la inoperatividad del PSOE. Y a Clavijo le conviene acudir puntualmente al PP para dejar en evidencia a sus socios que quedarán ante la opinión pública como desarmados e inconscientes para no molestar a la parte más progresista del partido, que maneja algunos diputados y presidentes de cabildos.

Hoy, en el orden de preocupaciones de Clavijo no está la oposición, salvo la de Nueva Canarias, que logra distorsionar gravemente su papel institucional al abordar los problemas de Gran Canaria. Pero deberá estarlo en los próximos meses, cuando exista Gobierno en Madrid y las alternativas comiencen su andadura, después de madurar una estrategia que se traslade, quizás a la calle, donde tanto éxito han tenido antaño las de CC.


Manuel Mederos

  

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