El contragolpe de Erdogán

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EL PERIÓDICO

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LUNES, 18 DE JULIO DE 2016


Con el reciente golpe de Estado fallido finiquitado, ya se puede atisbar el gran beneficiado de la noche más larga que Turquía ha vivido en los últimos tiempos: el presidente, Recep Tayyip Erdogan. Un Erdogan que, desde su acceso a la presidencia del país (en agosto del 2014; entre el 2003 y el 2014 fue primer ministro) ha perseguido y encarcelado a críticos y periodistas. Un Erdogan que ha militarizado a la Policía y purgado el Ejército, tradicional garante del laicismo turco y protagonista de varios golpes de Estado a lo largo de la historia del país. Una purga que sobre todo busca arrancar del seno del Ejército a los “gülenistas”, seguidores del clérigo Fetullah Gülen, antes aliado del presidente y ahora archienemigo, y que se encuentra en Estados Unidos en un exilio autoimpuesto.


"Este levantamiento es un regalo divino, porque es un motivo para limpiar nuestro Ejército", indicó Erdogan. Solo que la purga ha sido mucho más amplia: Ankara ha destituido a 8.777 funcionarios del Miniterio del Interior (hasta el momento de publicar este texto) entre los que hay policías, jueces, fiscales, 30 gobernadores regionales y 47 gobernadores de distrito. Los detenidos superan los 7.500. Los muertos, en torno a 300, una tercera parte de ellos, golpistas. Seguirá una importante reestructuración del tejido estatal.


TEORÍAS CONSPIRATORIAS


Los acontecimientos del viernes han resultado tan propicios para el mandatario que muchos cuestionan si Erdogan no conocía de antemano el golpe y dejó que lo llevaran a cabo para poder recoger después la siembra política. La asonada fracasada ha servido para acelerar el proceso iniciado mucho antes del golpe: el intento de constitución de un Estado a la medida de Erdogan, con un sistema presidencialista con él a la cabeza.


Ya en mayo se avanzaba en esa dirección. Los mínimos desencuentros del mandatario con el exprimer ministro turco, Ahmet Davutoglu, llevaron a la marcha forzada de este último. Su acuerdo con la línea marcada con el presidente turco no fue suficiente. Erdogan busca la reverencia, como la que le brinda el nuevo 'premier' del país eurasiático, Binali Yildirim.


SISTEMA PRESIDENCIALISTA


“Erdogan es un hombre de la gente, un defensor incansable de la gran Turquía”, aseguró Yildirim tras su nombramiento. “Somos camaradas de Erdogan. Tu pasión es nuestra pasión; tu causa, la nuestra”, apostilló, dirigiéndose a su jefe. Yildirim ya ha declarado que su cometido es “legalizar la situación de facto” de un sistema presidencialista. Desde el ascenso de Erdogan a la Presidencia, éste ha asumido cada vez más poderes ejecutivos que, constitucionalmente, no competen a su cargo. Por eso el gobernante Partido de la Democracia y el Desarrollo (AKP) quiere aprobar una nueva constitución que legitime 'de iure' lo que ya es una realidad 'de facto'.


“Al final, (al AKP) no les queda nada del proyecto político original. Este gobierno no ofrece ya una visión constructiva para el futuro”, cuenta a EL PERIÓDICO el analista político Soli Özel. “Es un país que tiene muy malas relaciones (o por lo menos, relaciones tensas) con casi todo el mundo, excepto con Catar y Arabia Saudí. Y económicamente, Turquía registra crecimiento, pero la naturaleza de ese crecimiento es muy sospechosa. Así que tiene que hacer algo con las bases, con los que tienen menos estudios”, apunta. Prometer un futuro brillante. Revivir la gloria del pasado. De un pasado imperial.


REVIVIR UN PASADO IMPERIAL


El 29 de mayo pasado, Estambul asistió a la celebración del 563º aniversario de la toma de Constantinopla por parte del Imperio Otomano. El omnipresente anuncio del acto venía ilustrado con una fotografía de Erdogan, quien protagonizó la ceremonia, una conmemoración de reminiscencias norcoreanas: un millón de asistentes, espectáculo de luz y color también multitudinario sobre el escenario, varios aviones de caza pintando el cielo de los colores nacionales para lo cual fue necesario cerrar el espacio aéreo a la aviación civil durante el tiempo que duró el acto...


Pero, en opinión de Suavi Aydin, profesor de Comunicación de la universidad de Hacettepe, se trata de una interpretación falsa del pasado. “El otomanismo fue una reacción de la burocracia imperial a la desintegración del imperio, y fue visto como un camino de modernización del imperio en el siglo XIX”, explica a este diario. “Los burócratas practicaron el otomanismo como factor unificador de una sociedad plural en lo étnico y en lo religioso, con lo que llevaron a las instituciones del imperio el concepto de igualdad entre los ciudadanos. Por tanto, la reinterpretación (actual, por parte de Erdogan y su camarilla) es un abuso del otomanismo a través de la idealización de la historia otomana y resaltándolo como una parte de una brillante historia islámica”, agrega Aydin. El componente islámico es clave.


PODER Y NO RELIGIÓN


Para el columnista Mustafa Akyol, “las ambiciones de Erdogan tienen más que ver con el poder que con la doctrina (religiosa). Para el poder, necesita el apoyo popular y, para esto, ha de usar la religión, pero solo hasta cierto punto”, arguye. “Mientras que el simbolismo religioso atrae ampliamente en Turquía, un estado islámico basado en el Corán, no”.

Según Akyol, el futuro más probable para Turquía no es el de un estado confesional, sino el de uno cuyo ídolo a venerar sea simplemente Erdogan, “en el que el islamismo es importante, pero no es lo único”. Muy a semejanza de la Rusia de Putin: nacionalista, conservadora, religiosa, con capitalismo de Estado y control de la prensa. Y, por supuesto, con un líder fuerte.


Así las cosas, las teorías de las conspiración han encontrado motivos de sobra para proliferar en Turquía.

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