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Los 5 tabúes que la izquierda debe superar según Žižek

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Hace unos años, cuando “España iba bien” podíamos (¿podíamos?) permitirnos el lujo de tener unos partidos mediocres con unos dirigentes mediocres sin correr demasiado el riesgo de un desmembramiento. Estaba todo pagado, crecíamos a un ritmo superior al 3% y, como dice la cita evangélica, construimos graneros y nos confiamos, sin saber que el cataclismo estaba a la vuelta de la esquina.


Porque el cataclismo, amigos, no ha sido solo la crisis económica. Hace no tanto tiempo, cuando me preguntaban por algunos de los problemas que hoy amenazan la convivencia (como el que atraviesa mi tierra, Cataluña), mi respuesta no era otra que “espera unos años a que salgamos de la crisis y se les olvidará”. Hoy estoy convencido de que el problema es mucho más profundo que el meramente económico.


La crisis política en que nos encontramos (España y el resto del mundo) proviene en parte de una generación de ciudadanos que no han conocido más que la aburrida política de una sociedad “muerta de éxito” que en pocos años ha alcanzado las cotas más altas de justicia social, bienestar y libertad de su historia, pero que ha olvidado sobre qué actitudes, descubrimientos y verdades se construyó dicho progreso.


Dicha política nos ha conducido paulatinamente al absurdo de que en una sociedad claramente “novedosa” en muchos sentidos, la mayoría de ellos positivos, lo que prolifera por doquier son el populismo antisistema de corte más barato y los nacionalismos exacerbados, a menudo acompañados de tintes xenófobos, ambos armas destructoras que, guiadas por el emotivismo más perezoso, socavan sus propios fundamentos sin ser capaces de articular una propuesta seria de progreso social.


No hace falta señalar, claro está, que quienes pretenden una línea continuista, tanto a izquierda y derecha, se aparecen una y otra vez como incapaces de articular una respuesta fundamentada ante las amenazas que suponen aquellos dos fenómenos, debido probablemente a que llegaron a creer que su mediocridad era realmente la causa de aquello que hay de valioso a día de hoy en nuestra sociedad.


De ahí que la crítica de Žižek que presentamos a continuación sea más que pertinente. Se trata de un filósofo esloveno que está ganando cada vez más lectores en el ámbito del pensamiento político por sus afiladas críticas, su capacidad para el análisis de los fenómenos actuales y su firme disposición de pisar los callos que haga falta.


Aún cuando no comparto su orientación ni muchas de las premisas desde las que realiza su análisis, su mirada crítica a la izquierda desde la izquierda y su voluntad de decir “verdades” allí donde nadie se atreve hacen de él un interlocutor valioso tanto para reflexionar como para discutir y tratar de hallar soluciones a algunos de los problemas que enfrentamos.


Los siguientes puntos son solamente parte del análisis que expone en su última obra,La nueva lucha de clases, publicada por Anagrama el pasado mes de abril, y que trata específicamente la cuestión de los refugiados que llegan a Europa. (Si todo va bien, intentaré publicar una reseña completa del libro próximamente. Permaneced atentos)


1. La “rematada estupidez disfrazada de sabiduría”


Esto es empezar fuerte… Cuando Žižek habla de la “rematada estupidez disfrazada de sabiduría” se refiere a esa forma de pensar cuyo primer postulado (salvo que se trate de la derecha, claro) es que “un enemigo es alguien cuya historia no has escuchado” y cuyo máximo exponente es Frankenstein (la creatura, no el creador), un asesino monstruoso que en realidad “solo necesita compañía y amor”.


«Pasar de la exterioridad de un acto a su «significado interior», a la narrativa mediante la cual el agente lo interpreta y lo justifica, es dirigirse hacia una máscara engañosa: la experiencia que poseemos de nuestras vidas desde dentro, la historia que nos contamos sobre nosotros mismos a fin de explicar lo que hacemos, es básicamente una mentira: la verdad reside en el exterior, en lo que hacemos».


2. Cualquier referencia a los valores europeos es tachada de “imperialista”


Esta “implacable ecuación” que iguala la aportación de Europa al mundo y sus valores con un intento exacerbado de dominación y esclavitud mundial es, según el filósofo esloveno, una de las grandes paranoias que impiden a la izquierda europea ser una respuesta eficaz a parte de los problemas que requieren de una solución seria, reflexiva y plenamente responsable.


«Mucha gente de izquierdas tiende a desdeñar cualquier mención de los «valores europeos» como si fuera una forma ideológica del colonialismo eurocéntrico. A pesar de la responsabilidad (parcial) de Europa en la situación de la cual huyen los refugiados, ha llegado el momento de abandonar el mantra izquierdista según el cual nuestra tarea básica es la crítica del eurocentrismo“.


Lo estúpido del tema, según explica, consiste en confundir los valores europeos con el capitalismo al que creen combatir y que, según pone de relieve, “no tiene ningún problema a la hora de adaptarse a una pluralidad de religiones, culturas y tradiciones locales” sino que, de hecho, “funciona aún mejor” según otros valores, como los asiáticos, que permiten sin ningún tipo de pudor implantar regímenes autoritarios.


«La cruel ironía del antieurocentrismo es que, en nombre del anticolonialismo, se critica a Occidente justo en el mismo momento histórico en que el capitalismo global ya no necesita los valores culturales occidentales para que todo vaya sobre ruedas (…) Se tiende a rechazar los valores culturales occidentales justo en el momento en que, reinterpretados de manera crítica, muchos de ellos (igualitarismo, derechos fundamentales, Estado del bienestar) podrían servir de arma contra la globalización capitalista».


3. Proteger nuestro modo de vida es “una idea fascista”


El siguiente tabú se refiere al hecho de que cualquier idea que suene remotamente a proteccionismo sea interpretada automáticamente como una versión políticamente correcta de actitudes como la xenofobia, el racismo y el nacionalismo que se atribuyen a los cada vez más pujantes partidos de extrema derecha —no en España, gracias a Dios—.


El problema, más complejo de lo que parece, es según Žižek que la respuesta de la izquierda a este tipo de manifestaciones políticas consiste en la decisión equivocada de situarse en el extremo opuesto, como si no hubiera que proteger nuestro modo de vida, un modo de vida (y aquí está la clave) que va mucho más allá de una determinada organización económica.


Decir que hay que proteger nuestro modo de vida debería significar, según sostiene, no una carta blanca a la xenofobia sino, precisamente, defender aquello que nos caracteriza como sociedades libres: los Derechos Humanos, las libertades políticas, la participación de la ciudadanía en democracia, la protección de la dignidad del hombre…

«La auténtica respuesta izquierdista a este moralismo liberal es que, en lugar de rechazar la «protección de nuestro modo de Vida» como tal, habría que demostrar que lo que proponen los populistas antiinmigración como defensa de nuestro modo de vida de hecho supone una amenaza mayor que todos los inmigrantes juntos».


4. Cualquier crítica al Islam es “islamofobia”


Como filósofo lacaniano que es (una vertiente filosófica del psicoanálisis), Žižek explica la relación de la izquierda con el Islam mediante la “paradoja del superego”, que ya explicó en su último libro, Islam y Modernidad, reflexiones blasfemas, y que funciona del siguiente modo:


«Cuanto más profundizan en su culpa los izquierdistas liberales de Occidente, más los acusan los fundamentalistas musulmanes de ser unos hipócritas que intentan ocultar su odio hacia el islam. Esta constelación reproduce perfectamente la paradoja del superego: cuanto más obedeces lo que la agencia seudomoral te exige, más culpable eres: es como si cuanto más toleraras el islam, mayor fuera la presión que ejerce sobre ti.»


En el fondo, la secreta simpatía hacia el Islam por parte de algunos sectores de la izquierda consiste en pensar que, con la defensa de sus modos de vida, constituye de algún modo un aliado contra el capitalismo, cuando en realidad “las alternativas políticas que proporciona pueden identificarse claramente; van del nihilismo fascista, que parasita el capitalismo, a lo que representa Arabia Saudí”. ¿Podemos imaginar un país más integrado en el capitalismo global que Arabia Saudí o cualquiera de los emiratos?


5. Presentar a los islamistas como fanáticos “irracionales” premodernos


Según Žižek, y al hilo del cuarto punto, este tabú está relacionado con la equiparación de las religiones “politizadas” y el fanatismo. Frente a los “fanáticos” se situaría una visión más “cultural” de la religión que propugnaría como un bien la práctica religiosa (incluso alejada de la fe personal) como “parte de la cultura” y que para quienes sostienen esta oposición (fanatismo-religión como factor cultural) sería una versión moderada y políticamente sana del fenómeno religioso.


Esta visión, según explica en el libro (y que desarrolla con más detalle en su anterior publicación) es la que se ha extendido en buena parte del Islam gracias a una posible interpretación del Corán que restringe la libertad pública de expresión pero reconoce la libertad privada de adhesión o no a la fe coránica.


Sin embargo, el autor pretende demostrar que incluso la versión más fideísta de la práctica religiosa puede “ser igual de violenta que un fanatismo religioso sincero”, algo que, a su juicio, se pone particularmente de manifiesto en un Estado de Israel profundamente secularizado, pero para el que el sostenimiento de su identidad religioso-cultural-política permite seguir expandiendo su dominio sobre Palestina asentándose en la promesa de un Dios en el que en la mayoría de casos ya no creen.


«La comunidad musulmana europea (que va mucho más allá que los fundamentalistas) se enfrenta a una situación paradójica. Aunque hay muchos liberales cristianos y musulmanes que muestran una gran tolerancia mutua, la única fuerza política que no reduce a los musulmanes a ciudadanos de segunda clase y les concede un espacio en el que desplegar su identidad religiosa son los «impíos» liberales ateos, mientras que los que están más cerca de su práctica social religiosa, aquellos que son su imagen especular cristiana, se constituyen en sus enemigos políticos más enconados.»


En el fondo, lo que pide el filósofo esloveno es terminar con una tendencia a minusvalorar los fenómenos religiosos como una muestra de “atraso” histórico que, según indica, puede cegar al hecho de que las religiones (y últimamente el Islam más que ninguna otra) se han articulado de forma “ultramoderna” (según indicaba en su último libro) y constituyen una alternativa real no compatible con lo que él entiende que debería ser un régimen democrático ateo.


La obra sigue y se podrían enumerar muchos más efectos de los “tabúes”, como la tendencia liberal-izquierdista a desdibujar todos los factores incómodos en los fenómenos de violencia racial y religiosa; a reducir la responsabilidad moral de las minorías étnicas o religiosas que provocan estallidos de violencia (en una odiosa forma de paternalismo); a idealizar la violencia (lo que el denomina “violencia divina”) como si hubiese que buscarle “algún tipo de significado” que la convertiría en una sublimación de las injusticias sociales cuando, en la mayoría de casos, dicha violencia es “absurda”, no ostenta ningún programa reivindicativo y quienes se ven perjudicados por ella son prácticamente siempre los más inocentes (pone como ejemplo los disturbios en los suburbios de París en 2005).


Al margen de que el horizonte que orienta su crítica (el título del libro, La nueva lucha de clases, da una idea de por dónde van los tiros) y parte de sus presupuestos no sean compartidos por todo el mundo, hay algo de virtuoso en el arrojo y la exigencia de rigor que exhibe Žižek. De ahí que crea que una buena discusión con él pueda ser siempre de provecho para cualquiera que busque un poco de autenticidad en medio de la espesa neblina en que se ha convertido la discusión ideológica y, por extensión, la vida política.



por Ignacio Pou

Libre@Diario