¡¡ JA SOC AQUÍ !!

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Joaquín Quino Hernández



LibreDiario@Digital / Opinión



Aquel 1º de abril del año de “Paz” de 1,965, me encontraba sentado con mi madre y mi hermano en la tribuna de la Plaza de la Victoria, hoy Plaza de Juan Carlos I, dispuestos a ver pasar el famoso coche mercedes blindado, regalo de Hitler a Franco, con el dictador preparado para presidir el desfile de la victoria de los insurgentes. El pueblo de Cataluña se volcó masivamente y toda la ciudad Condal aparecía llena de la bandera de España. Dando vítores y saludando al “Caudillo” déspota; el pueblo catalán mostraba su afecto al régimen, o por lo menos así lo parecía.


El 23 de octubre de 1977, sentado en la barra del Terminús, en la confluencia de la calle Aragón con el Paseo de Gracia, acudía, sin saberlo, como testigo de la historia. Josep Tarradellas acababa de aterrizar en Barcelona después de 37 años de exilio forzoso. El inmenso gentío llenaba la ciudad. Todo el mundo quería saludar y dar la bienvenida al Honorable Tarradellas. Su famosa frase “Ja soc aquí” inundo de ilusiones a todo el personal, catalanes y “xarnegos”.


Josep Tarradellas sabía muy bien el valor de la “pela”. Su pensamiento político era republicano, de izquierdas, catalanista y nacionalista moderado, pues siempre defendió la lengua, la cultura y la identidad catalanas desde un prisma no separatista que no vulnerara los derechos lingüísticos, identitarios y culturales de los castellanohablantes.


Afirmaba que Cataluña debía ser autocrítica, entender al pueblo español e integrarse en España. En su tarea política siempre pretendió establecer la conciliación y la concordia entre Cataluña y el resto de España, alejarse de los victimismos y los prejuicios nacionalistas hacia el Estado español, y no culpar a éste de los problemas que padece el pueblo catalán. Abogó por los gobiernos de unidad en Cataluña con el propósito de que ésta fuese más fuerte, así como del diálogo positivo y constructivo con Madrid. Su actitud contraria a la independencia y al concepto de unos “Países Catalanes” hizo que fuese criticado por parte de diversos sectores nacionalistas e independentistas, que lo tacharon de traidor a Cataluña, de mal político y de vendido a la monarquía española..


Cataluña ha sido el motor de la economía española, eso no se puede poner en duda. Ha sido la que ha acogido a los desterrados hijos de Andalucía, Canarias, Murcia, Extremadura, etc. o sea de la mayoría de las regiones del hoy llamado Estado Español, que con la maleta de cartón en la mano, llegaban por la estación de Francia cargados de ilusiones. Fui uno de esos inmigrantes, trabajé y estudié en Barcelona, jamás me sentí marginado y muy pronto me integré en las costumbres y usos catalanes, fueron los años más felices de mi vida. Aprendí el idioma y, aunque nunca se dirigían a mí en catalán, debido a mi condición de castellanoparlante, yo si contestaba en catalán y eso agradaba y corregían mi mal pronunciamiento de la lengua vernácula. Cataluña ha sido el refugio de millones de españoles, donde pasamos de comer un muslo de pollo por navidades a comerlo cada semana.


El sentimiento independentista catalán, aumentado por la cruel crisis económica, que estamos sufriendo todos, se acentúa más en una comunidad donde el recorte de las prestaciones sociales han sido igual de dramáticas que la que la padecemos el resto de los españoles. La caja catalana está en quiebra, en banca rota. La Generalitat necesita urgentemente 6.000 millones de euros para empezar hablar, no encuentra financiación en los mercados financieros, en el fondo nadie presta dinero a un moroso. En Cataluña como, desgraciadamente, en todas las Comunidades se ha despilfarrado el dinero público de manera indecente, no le queda otra alternativa que recurrir al Fondo de Liquidez de las Autonomías para sacar la cabeza del agua que le ahoga.


El paso delante de Carles Puigdemont solicitando un plebiscito popular para decidir la independencia de Cataluña del Estado Español y convertirse en Estado soberano, tiene dos lecturas: Por un lado se aprovecha del desencanto popular hacía su propio gobierno, echando la culpa a los gobiernos centralistas de obviar la realidad del pueblo catalán y sus sucesivas peticiones de una Hacienda Pública Catalana y una mayor autogestión. Por otro lado puede servirle de chantaje a cualquier gobierno, en funciones o no, para que claudique y que el préstamo del FLA se realice sin condiciones de rescate.


Sea como fuere, Carles Puigdemont lo tiene muy difícil y el anticipo de las elecciones (“Pasado el mes de agosto me someteré a una cuestión de confianza para dirimir si el Gobierno catalán tiene el apoyo necesario para seguir adelante con la hoja de ruta o si se deben convocar nuevas elecciones”) justifica, aun más, su nefasta labor como Presidente de la Generalitat. Construir un estado de opinión contraria a lo español y por ende la opinión del resto de los españoles contraria a lo catalán no beneficia a nadie. España está abocada a entenderse con Cataluña, con dialogo y concesiones, con respeto y solidaridad. Estoy seguro que la inmensa mayoría del pueblo, de los catalanes abogan por un mayor autogobierno, pero cuando las cosas funcionan bien es muy fácil gobernar, lo difícil es un autogobierno, una independencia en los dificilísimos momentos que a todos nos ha tocado vivir.


En cuanto a la manifestación masiva del pueblo apoyando un estado independiente y soberano, le doy la misma importancia que la visita del dictador en los años 60 o la llegada del Honorable Tarradellas en los 70. El pueblo sigue las consignas partidistas, de oligarquías políticas y de utopías difíciles de alcanzar por muy ilusionantes que parezcan.



Joaquín Hernández, periodista y Analista político

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