BRASIL: Una vez más: llora, llora la derecha...

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LibreDiario@Digital / Internacional


La decisión es clara: se anuló la sesión en Diputados que había dado lugar al proceso de juicio político y destitución de la presidenta Dilma Rousseff.


Y se anula entonces, por decisión del nuevo presidente de la Cámara de Diputados de Brasil, Waldir Maranhão, esa canallada. El cambio en los actores que participan en el proceso se ha reflejado finalmente en el rumbo. Pero para empezar a comprender este delirio, es preciso historizar.


¿Cuál era la jugada de la derecha neoliberal?


Incapaz de un triunfo electoral y sin posibilidad de recurrir a los cuarteles para un golpe clásico de tipo cívico-militar, la derecha en Brasil ha optado por la vía del golpe institucional. Esto no es ninguna novedad en América Latina: el mismo tipo de maniobra se ha llevado a cabo ―con éxito― en Paraguay y en Honduras, con sendos golpes que terminaron con los mandatos populares de Fernando Lugo y Manuel Zelaya. Otro tanto quiso hacer la derecha continental en Ecuador, Bolivia y Venezuela, sin tanto éxito. Esto da cuenta de una tendencia a nivel regional y lo de Brasil no es para nada aislado, es una maniobra coordinada y orquestada por poderes que trascienden las realidades nacionales.


Para destruir, por lo tanto, el poder popular en Brasil, las fuerzas del neoliberalismo cocinaron un golpe institucional en el que una Cámara de Diputados repleta de ladrones y conducida por el jefe de la banda, el diputado Eduardo Cunha, intentó terminar el mandato de una presidenta electa por el voto de 54 millones de brasileros y sobre la que no pesaba una sola denuncia de corrupción. Fogoneada por los medios del poder fáctico, la maniobra se basaba en la acusación de “contabilidad creativa”. En otras palabras, a Dilma Rousseff quisieron juzgarla por haber demorado el pago de partidas presupuestarias a bancos oficiales y haber destinado esos fondos a la financiación de programas sociales, concretamente el Bolsa Familia, equivalente a la asignación universal en Argentina. Pretendían derrocar a una jefa de Estado y de gobierno por priorizar a las clases subalternas a la hora de repartir los ingresos, y a esto llamaron “crimen de responsabilidad fiscal”.


En efecto, para las clases dominantes, priorizar al subalterno, al trabajador y al pobre en general es un crimen. A nadie parecía importarte mucho el hecho de que sobre Cunha y los demás diputados conservadores pesaran fuertes evidencias de corrupción en gran escala, y allí estaban auténticos ladrones juzgando a una presidenta honesta y que, además, trataba de honrar el voto popular que había recibido.


No obstante, para la apertura de un proceso de juicio político a Dilma eran necesarios los votos de dos tercios de los 513 diputados brasileros. La derecha no contaba (y no cuenta) con esa cantidad de votos y debió recurrir a métodos que más tienen que ver con el apriete y la extorsión para llegar a los 342 votos necesarios. Y aquí empieza a jugar fuerte Eduardo Cunha: rosquero como ninguno, Cunha supo “convencer” a muchos “indecisos” en Diputados mediante el chantaje, puesto que había muchos involucrados en los chanchullos que el mismo Cunha había coordinado. Por miedo a las amenazas de su conductor, muchos diputados votaron por el sí a la destitución de Dilma Rousseff.


¿Qué cambió en los últimos días?


Pero el juego cambió súbitamente. El Poder Judicial, que venía haciendo la vista gorda durante meses sobre las denuncias que pesaban sobre Cunha, decidió moverse y apartarlo de su mandato de diputado. Depuesto Cunha, asumió en su lugar como presidente de diputados su vice, Waldir Maranhão, diputado electo por el estado donde Dilma había logrado la mayor votación proporcional en todo el país: 78% de los votos.


Sin poder ignorar la voluntad de la enorme mayoría de los electores en su terruño, Maranhão anuló la decisión tomada en la sesión presidida por Cunha. Pese a que algunos medios insisten en la confusión semántica entre “anulación” y “suspensión”, lo que ocurrió fue lo primero, por lo que, de acuerdo con la Constitución de Brasil, el asunto debería debatirse y votarse nuevamente en Diputados.


¿Por qué el resultado podría ahora ser distinto?


En primer lugar, porque Cunha es ahora un cadáver político. Sin posibilidad de apretar y extorsionar a sus ahora excolegas diputados, Cunha ya no tendría influencia sobre el resultado de una nueva votación. El proceso conducido por Waldir Maranhão tendría tendencia opuesta y, aun contando con la mayoría de los votos allí, a la derecha se le haría imposible volver a reunir los dos tercios necesarios para una nueva aprobación de la propuesta de destitución de Dilma Rousseff.


Y segundo porque el clima ya cambió en Brasil: al haber sometido a Dilma a un linchamiento, el poder logró victimizarla. Brasileros que andaban confundidos terminaron comprendiendo el golpe y el papelón protagonizado por los diputados de la derecha ―que invocaron a sus familias, amantes, mascotas y hasta a torturadores de la dictadura para justificar su voto favorable a la destitución de Dilma― ayudó mucho en esa comprensión. La llamada opinión pública, que no es otra cosa que el sentido común mediatizado, ha dado un vuelco. Los diputados que quieran cambiar ahora su voto, al no estar bajo influencia de Cunha, podrán hacerlo con la excusa de “escuchar la voz que viene de las calles”.


Y si bien el proceso ya ha pasado al Senado, donde una camarilla de corruptos aún más impresentables que Cunha y su séquito ya anunció que no habrá marcha atrás, la paradoja legal no puede disimularse ya: para que el Senado pueda proseguir con un proceso es necesaria la aprobación de Diputados. Anulada esta aprobación, ¿qué cosa discutiría el Senado sin incurrir en una ilegalidad manifiesta?


La lucha apenas empieza, por cierto, pero este es un gran triunfo de los pueblos. Lo evidencia la tensión en los medios de comunicación dominantes de Brasil, en los que conductores y noteros apenas podían disimular su desazón. La derecha seguirá intentando imponer su farsa, pues su objetivo es establecer un gobierno neoliberal que destruya las conquistas de las clases populares en los últimos 15 años. Pero ya tiene un argumento menos, y la mentira suele tener patas muy cortas.

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