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Verdaderos monstruos y viven camuflados en la costa española

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La Vanguardia 


¿Estamos rodeados de nazis sin saberlo? ¿También en la playa? 


No es de extrañar que Clara Sánchez (Guadalajara, 1955) hable de “historia que bordea el terror psicológico” al referirse a Cuando llega la luz (Destino/Columna), novela que se pone hoy a la venta y que retoma el tema y los personajes de Lo que esconde tu nombre, con la que ganó el premio Nadal 2010. 


“Son personas mayores en pantalón corto –prosigue la autora, en conversación telefónica desde Madrid– que van empujando el carrito de la compra en el supermercado, pero que han sido auténticos monstruos y viven cobijados en el anonimato de los jubilados de la costa española”.


Sánchez muestra la evolución de los dos protagonistas, instalados en sendas zonas de confort: la joven Sandra, a quien ve “como una Sancho Panza” contemporánea, que “ha madurado” y que presenta una batalla más cotidiana que épica, la de compaginar la vida laboral con sus responsabilidades como madre sin pareja, para lo que le va muy bien “irse viendo con el padre de su hijo, al que no quiere aunque él continúa colado por ella”. 


Por su parte, el cazanazis Julián, ese “Don Quijote de edad avanzada” inspirado en el padre de la autora, se distrae en su residencia de ancianos “intentando volver loco a otro interno, el carnicero de Mauthausen, al que ha reconocido”. 


Sandra y Julián “vivirán una aventura peligrosa, reflejo de lo que nos pasa a todos. Nos forjamos una falsa seguridad con elementos como la familia, la pareja, una casa… pero la vida tiene otros planes”.


Sánchez quería, asimismo, “indagar en los jóvenes filonazis que rinden homenaje a sus líderes y, a la vez, quieren tener su poder. Es también una novela sobre la traición. La traición es lo que mueve el mundo, una poderosa tentación que hace cambiar las cosas”


Al ver la amabilidad de ciertos personajes, se plantea también el tema de que “no somos capaces de ver el aura amenazante de la gente”. La propia autora recibió, tras la primera parte, “mensajes intimidatorios” de alguno de esos abuelos de pasado turbio.


La residencia de ancianos es uno de los escenarios básicos de la trama. “Un hombre viejo no deja de ser un hombre, me parece muy injusto que tengamos que dirigirnos a la gente mayor como si fueran minusválidos, es gente que nos puede aportar tantísimo que me parece una vergüenza que los recluyamos y expulsemos de nuestra vida. Son personas llenas de ternura, otros son tremendos, porque tanto lo bueno como lo malo se potencia mucho con la edad, pero en suma son un reflejo de todos nosotros. He disfrutado muchísimo recreando esa residencia. Tú vas a un sitio así y los ves a todos iguales, como un paisaje de fondo, y no, para nada”.


Julián lucha, además de contra los malos, contra sus limitaciones físicas. “Esa era una de las cosas que más me gustaban, las circunstancias obligan a este hombre a olvidarse de su condición física porque hayalgo más importante que hacer. En lugar de contra los molinos, lucha contra su corazón (necesita diez pastillas diarias), contra la delgadez típica de las personas tan mayores…” Y Sandra “tiene un niño pequeño, otro obstáculo en la acción, algo que interrumpe la fluidez: hay que ir a la guardería, dejarle con alguien… Todos hacemos las cosas con problemas añadidos, cargas, todos llevamos una mochila, por eso Julián y Sandra son tan humanos”.


Algunos lectores le han dicho a Sánchez que por qué no dejaba tranquilos a esos abuelitos “que ya se iban a morir. Hombre, pues ya no solamente por las monstruosidades que han hecho, sino porque hemos consentido que tengan una jubilación de oro, que disfruten de la vida de un modo que no puede la gente corriente porque no tiene dinero”.



Franco los protegió


Tras la II Guerra Mundial, en 1945, la dictadura de Franco permitió que muchos jerarcas nazis llegaran a España para esconderse de los aliados, en un movimiento masivo que no hubiera podido realizarse sin el visto bueno de las autoridades.


“Yo misma, en Dénia, tuve un vecino que lo era”, explica Clara Sánchez


La lista es muy larga e incluye nombres como Léon Degrelle –que murió en Benalmádena en 1994–, Gerhard Bremer –uno de los invasores de Polonia, luego próspero hostelero en Benidorm–, Otto Remer –fallecido en Málaga en 1997–, Hauke Bert Pattist Joustra –al que recuerdan en Ribadesella por sus labores educativas–, Reinhard Spitzy –que se mezcló con monjes en Cantabria–, Johannes Bernhardt –nacionalizado español, dirigió la empresa Sofindus–… Todos ellos, fallecidos. 


¿Quedan todavía? “Por supuesto, no solamente en las costas de Levante o del Sol, sino en Asturias e incluso la Costa Brava y las islas Canarias, ahí me callo ya. Las localidades con playa resultaban ideales para ellos porque les permitían un camuflaje perfecto en las colonias de jubilados alemanes, noruegos y de otras nacionalidades del norte”.


La Vanguardia

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