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El pisito

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OPINIÓN


por Diego Gafo


Imagino que todos han visto la película de 1959, basada en la novela homónima de Rafael Azcona y protagonizada por Mary Carrillo y mi admiradísimo José Luis López Vazquez, El pisito. Si no lo han hecho, no dejen pasar la oportunidad. 


En ella, nuestros protagonistas, ante la imposibilidad de casarse por no poder comprar una vivienda, deciden que Rodolfo (José Luis López Vázquez) se case con su anciana y enferma casera, con la esperanza de que se muera en breve y poder así heredar el contrato de alquiler a bajo precio. Tras dos años interminables, finalmente la anciana fallece pudiéndose quedar los enamorados con el pisito, aunque dejando una enorme tristeza y pesimismo en el ambiente.


Es evidente que aún hoy, y han pasado 50 años, existe una gran dificultad para encontrar el piso de nuestros sueños. Pero para Pablo Iglesias e Irene Montero, la dificultad es menor. Este semana nos hemos sorprendido al ver que han comprado un chalé en Galapagar (Madrid) por algo más de 600 000 euros. Como es lógico, los adversarios políticos —y mediáticos— de la pareja han aprovechado la coyuntura para atacarlos despiadadamente. Ha sido tal el escándalo mediático, que incluso nuestros protagonistas han tenido que ofrecer un comunicado oficial de su vida privada para aclarar el entuerto y explicar cómo van a hacer frente al pago de la hipoteca.


No creo que haya nadie en contra de que una pareja se compre la casa que desee y pueda pagar. Siempre y cuando hayan ganado el dinero de forma honesta. Y hasta que no se demuestre lo contrario, así ha sido. El único problema que hay con el pisito, es caer en el populismo. Nos hemos hartado de escuchar al líder de Podemos criticar a quienes se compran pisos caros pero, llegado el momento, ha claudicado. ¿Quién no recuerda aquel tuit del señor Iglesias criticando la compra del entonces Ministro de Economía, Luis de Guindos, de una vivienda por la misma cantidad que su chalé? No se puede ir de mesías de la decencia y la regeneración democrática e imitar el comportamiento de la casta. Incluso los compañeros de su propio partido se lo han recordado. Es muy fácil vestir con ropa barata comprada en hipermercados y criticar a los poderosos. Lo que es difícil es ser coherente. ¿Nos le da la sensación que toda esa crítica feroz es, simple y llanamente, envidia


Al final, como en la película, queda en el ambiente un halo de desesperanza brutal.


Piensen.

Sean buenos.



Diago Gafo




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